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El placer de la revolución
Cap. 1. Cosas de la vida
Utopía o quiebra
Comunismo estalinista y
socialismo reformista son simples variantes del capitalismo
Democracia representativa versus democracia delegativa
Irracionalidades del capitalismo
Revueltas modernas ejemplares
Algunas objeciones comunes
El dominio creciente del espectáculo
Capítulo 1: Cosas de la vida
Sólo podemos comprender este mundo cuestionándolo como un
todo. . . . La raíz de la ausencia de imaginación dominante no
puede entenderse a menos que seamos capaces de imaginar lo que falta, esto es, lo
desaparecido, oculto, prohibido, y ya posible en la vida moderna.
Internacional Situacionista(1)
Nunca se ha dado en la historia un contraste tan deslumbrante entre lo que podría ser
y lo que se da realmente.
Basta hoy examinar todos los problemas del mundo la mayoría de los cuales son
bien conocidos, y meditar sobre ellos no tiene normalmente otro efecto que hacernos menos
sensibles a su realidad. Pero aunque seamos lo bastante estoicos para soportar las
desgracias de los demás, a la larga el deterioro social presente nos afecta a
todos. Quienes no padecen la represión física directa aún tienen que soportar las
represiones mentales impuestas por un mundo cada vez más mediocre, estresante, ignorante
y feo. Quienes escapan de la pobreza económica no pueden escapar del empobrecimiento
general de la vida.
Ni siquiera a este nivel mezquino puede ya continuar la vida. La destrucción del
planeta por el desarrollo mundial del capitalismo nos ha llevado a un punto en que la
humanidad puede extinguirse en pocas décadas.
Y sin embargo este mismo desarrollo ha hecho posible abolir el sistema de jerarquía y
explotación basado previamente en la escasez material e inaugurar una forma nueva y
genuinamente liberada de sociedad.
Saltando de un desastre a otro en su camino a la demencia colectiva y el apocalipsis
ecológico, este sistema ha desarrollado un impulso que está fuera de control, incluso
para sus supuestos dueños. Cuanto más nos aproximamos a un mundo en el que no somos
capaces de abandonar nuestros ghettos fortificados sin vigilantes armados, ni salir a la
calle sin aplicarnos protección solar para no coger un cáncer de piel, es más difícil
tomar en serio a quienes nos aconsejan mendigar unas cuantas reformas.
Lo que hace falta, creo, es una revolución democrática-participativa mundial que
aboliría tanto el capitalismo como el estado. Admito que es mucho pedir, pero me temo que
no bastará con ninguna solución de menor alcance para llegar a la raíz de nuestros
problemas. Puede parecer absurdo hablar de revolución, pero todas las alternativas asumen
la continuación del actual sistema, que es aún más absurdo.
Antes de entrar en lo que esta revolución debe suponer y responder a algunas
objeciones típicas, hay que subrayar que no tiene nada que ver con los estereotipos
repugnantes que evoca normalmente la palabra (terrorismo, venganza, golpes de estado,
líderes manipuladores que predican el autosacrificio, militantes zombies entonando
slogans políticamente correctos). Particularmente no debería confundirse con los dos
fracasos principales del cambio social moderno, comunismo estalinista y
socialismo reformista.
Después de décadas en el poder, primero en Rusia y después en muchos otros lugares,
ha llegado a ser obvio que el estalinismo es el opuesto total de una sociedad liberada. El
origen de este fenómeno grotesco es menos obvio. Trotskistas y otros han tratado de
distinguir el estalinismo del antiguo bolchevismo de Lenin y Trotsky. Es verdad que
existen diferencias, pero son más de grado que de tipo. El Estado y la Revolución
de Lenin, por ejemplo, presenta una crítica más coherente del estado que la que puede
encontrarse en la mayoría de los escritos anarquistas; el problema es que los aspectos
radicales del pensamiento de Lenin acabaron disfrazando la actual práctica autoritaria
bolchevique. Situándose al lado de las masas que afirmaba representar, y con una
jerarquía interna correspondiente entre los militantes del partido y sus líderes, el
partido bolchevique ya se encaminaba a la creación de las condiciones para el desarrollo
del estalinismo cuando Lenin y Trotsky tenían todavía firmemente el control.(2)
Pero debemos tener claro lo que falló si queremos hacerlo mejor. Si socialismo
significa plena participación de la gente en las decisiones sociales que afectan a sus
propias vidas, no ha existido ni en los regímenes estalinistas del Este ni en los estados
del bienestar del Oeste. El reciente colapso del estalinismo no es ni una vindicación del
capitalismo ni una prueba del fracaso del comunismo marxista. Cualquiera que
se haya molestado en leer a Marx (la mayor parte de sus elocuentes críticos obviamente
no) sabe que el leninismo representa una severa distorsión del pensamiento marxista y que
el estalinismo es su parodia total. Tampoco la propiedad estatal tiene nada que ver con el
comunismo en su auténtico sentido de propiedad común, comunal; es simplemente un tipo
diferente de capitalismo en el que la propiedad de la burocracia de estado reemplaza a (o
se combina con) la propiedad privada corporativa.
Desde hace tiempo el espectáculo de la oposición entre estas dos variedades de
capitalismo oculta su reforzamiento mutuo. Los conflictos serios se limitan entre ellas a
batallas por delegación en el Tercer Mundo (Vietnam, Angola, Afganistan, etc.). Ninguna
de las partes lleva a cabo un intento real de golpear al enemigo en su mismo corazón. (El
Partido Comunista Francés saboteó la revuelta de mayo del 68; los poderes occidentales,
que han intervenido masivamente en lugares donde no se lo habían pedido, rechazó enviar
ni siquiera las pocas armas antitanques que necesitaban desesperadamente los insurgentes
húngaros de 1956.) Guy Debord señaló en 1967 que el capitalismo de estado estalinista
se había revelado ya simplemente como un pariente pobre del clásico
capitalismo occidental, y que su caída estaba empezando a privar a los dominadores del
Oeste de la pseudo-oposición que los reforzaba aparentando representar la única
alternativa a su sistema. La burguesía está en el trance de perder el adversario
que objetivamente la apoyaba aportando una unificación ilusoria de toda la oposición al
orden existente. (La sociedad del espectáculo, §§110-111).
Aunque los líderes del Oeste fingieron dar la bienvenida al reciente colapso
estalinista como una victoria natural de su propio sistema, ninguno de ellos lo había
visto venir y no tienen obviamente idea de qué hacer con los problemas que esto plantea
excepto sacar partido de la situación antes de que se desmorone. Las corporaciones
multinacionales monopolísticas que proclaman el comercio libre como una
panacea son muy conscientes de que el capitalismo de libre mercado habría reventado hace
tiempo por sus propias contradicciones si no hubiera sido salvado a pesar de sí mismo
mediante unas cuantas reformas seudosocialistas estilo New Deal.
Puede que aquellas reformas (servicios públicos, seguridad social, jornada de ocho
horas, etc.) hayan mejorado algunos de los defectos más notorios del sistema, pero no
para llevarlo más allá. En años recientes ni siquiera lo han mantenido con sus
aceleradas crisis. Las mejoras más significativas se consiguieron en todos los casos
sólo mediante largas y con frecuencia violentas luchas populares que finalmente forzaron
a los burócratas: los partidos de izquierdas y los sindicatos que pretendían dirigir
aquellas luchas funcionaban en primer lugar como válvulas de escape, cooptando las
tendencias 4radicales y engrasando los engranajes de la máquina social.
Como los situacionistas han mostrado, la burocratización de los movimientos radicales,
que degradó a la gente al nivel de simples seguidores constantemente
traicionados por sus líderes, está ligada a la espectacularización
creciente de la sociedad capitalista moderna, que ha reducido a las personas a la
condición de simples espectadores de un mundo sobre el que no tienen control un
desarrollo que ha llegado a ser cada vez más notorio, aunque normalmente no se entiende
de modo suficiente.
Tomadas en conjunto, todas estas consideraciones apuntan a la conclusión
de que sólo puede crearse una sociedad liberada mediante la participación activa de la
gente como un todo, no mediante organizaciones jerárquicas que actúan supuestamente en
su beneficio. No se trata de elegir a los líderes más honestos o
responsables, sino de evitar conceder un poder independiente a cualquier
líder sea el que sea. Individuos o grupos pueden iniciar acciones radicales, pero una
porción sustancial y rápidamente extendida de la población debe tomar parte si un
movimiento pretende conducir a una sociedad nueva y no ser simplemente un golpe de estado
que instale nuevos dominadores.
No repetiré todas las clásicas críticas socialistas y anarquistas del capitalismo y
el estado. Son ampliamente conocidas, o al menos ampliamente accesibles. Pero para acabar
con algunas de las confusiones de la retórica política tradicional puede ser útil
resumir los tipos básicos de organización social. En atención a la claridad, comenzaré
examinando separadamente aspectos políticos y económicos, aunque
están obviamente interrelacionados. Es tan fútil tratar de igualar las condiciones
económicas de la gente mediante una burocracia de estado como lo es intentar democratizar
la sociedad mientras el poder del dinero permite a una minúscula minoría controlar las
instituciones que determinan la conciencia de la realidad social de la gente. Puesto que
el sistema funciona como un todo sólo puede ser cambiado fundamentalmente como un todo.
Comenzando con el aspecto político, podemos distinguir de forma aproximativa cinco
grados de gobierno:
(1) Libertad sin restricción
(2) Democracia directa
a) consenso
b) dominio de la mayoría
(3) Democracia delegativa
(4) Democracia representativa
(5) Dictadura abierta de una minoría
La sociedad actual oscila entre (4) y (5), es decir entre el dominio abierto de la
minoría y el dominio encubierto de la minoría camuflado por una fachada de democracia
simbólica. Una sociedad liberada debe eliminar (4) y (5) y reducir progresivamente la
necesidad de (2) y (3).
Discutiré más tarde los dos tipos de (2). Pero la distinción crucial está entre (3)
y (4).
En la democracia representativa la gente abdica de su poder en beneficio de candidatos
elegidos. Los principios proclamados por los candidatos se limitan a unas cuantas
generalidades vagas, y una vez que han sido elegidos hay poco control sobre sus decisiones
reales acerca de cientos de problemas aparte de la débil amenaza de cambiar el
voto, unos años más tarde, a cualquier rival político igualmente incontrolable. Los
representantes dependen de los ricos mediante sobornos y aportaciones a la campaña;
están subordinados a los propietarios de los medios de comunicación, que deciden qué
temas consiguen publicidad; y son casi tan ignorantes y débiles como el público general
en lo que respecta a muchos asuntos importantes que están determinados por burócratas y
agencias secretas independientes. Los dictadores abiertos son a veces derrocados, pero los
verdaderos dominadores en los regímenes democráticos, la pequeña minoría
que posee o controla virtualmente todo, nunca ganan ni pierden el voto. La mayoría de la
gente no sabe siquiera quiénes son.
En la democracia delegativa, los delegados son elegidos para propósitos determinados
con muy específicas limitaciones. Pueden actuar estrictamente bajo mandato (encargados de
votar de una cierta manera en un cierto asunto) o el mandato puede dejarse abierto (los
delegados son libres de votar como mejor crean) reservándose la gente que los ha elegido
el derecho a confirmar o rechazar cualquier decisión así tomada. Generalmente los
delegados son elegidos para períodos muy cortos y están sujetos a revocación en todo
momento.
En el contexto de las luchas radicales, las asambleas de delegados se han llamado
normalmente consejos. La forma del consejo fue inventada por los trabajadores
en huelga durante la revolución rusa de 1905 (soviet es la palabra rusa que significa
consejo). Cuando los soviets reaparecieron en 1917, fueron sucesivamente apoyados,
manipulados, dominados y cooptados por los bolcheviques, que pronto consiguieron
transformarlos en parodias de sí mismos: sellos de caucho del Estado
Soviético (el último soviet independiente que sobrevivió, el de los marineros de
Kronstadt, fue aplastado en 1921). No obstante los consejos han continuado para reaparecer
espontáneamente en los momentos más radicales de la historia subsiguiente, en Alemania,
Italia, España, Hungría y otros lugares, porque representan la solución obvia a la
necesidad de una forma práctica de autoorganización popular no jerárquica. Y continúan
recibiendo la oposición de todas las organizaciones jerárquicas, porque amenazan el
dominio de las élites especializadas señalando la posibilidad de una sociedad de la
autogestión generalizada: no la autogestión de unos cuantos detalles del sistema
presente, sino la autogestión extendida a todas las regiones del globo y a todos los
aspectos de la vida.
Pero como señalamos arriba, la cuestión de las formas democráticas no puede ser
separada de su contexto económico.
La organización económica puede estudiarse desde la perspectiva del
trabajo:
(1) Totalmente voluntario
(2) Cooperativo (autogestión colectiva)
(3) Forzado y explotador
____ a) abiertamente (trabajo de los esclavos)
____ b) disfrazado (trabajo asalariado)
Y desde la perspectiva de la distribución:
(1) Verdadero comunismo (accesibilidad totalmente libre)
(2) Verdadero socialismo (propiedad y regulación colectivas)
(3) Capitalismo (propiedad privada o estatal)
Aunque es posible regalar los bienes y servicios producidos por el trabajo asalariado,
o aquellos producidos por el trabajo voluntario o cooperativo para convertirse en
mercancías para el mercado, la mayor parte de estos niveles de trabajo y distribución
tienden a corresponderse unos con otros. La sociedad actual es predominantemente (3):
producción y consumo forzados de mercancías. Una sociedad liberada debe eliminar (3) y
reducir (2) tan pronto como sea posible en favor de (1).
El capitalismo se basa en la producción de mercancías (producción de bienes para
conseguir beneficios) y el trabajo asalariado (la propia fuerza del trabajo se compra y se
vende como una mercancía). Como apuntaba Marx, hay menos diferencia entre el trabajador
esclavo y el libre de lo que parece. Los esclavos, aunque no parecen percibir
nada a cambio, son provistos de los medios de su supervivencia y reproducción, por los
que los trabajadores (que se convierten en esclavos temporales en sus horas de trabajo)
están obligados a pagar la mayor parte de su salario. El que algunos trabajos sean menos
desagradables que otros, y que los trabajadores tengan el derecho nominal a cambiar de
trabajo, emprender su propio comercio, comprar stocks o ganar a la lotería, encubren el
hecho de que la inmensa mayoría de la gente está colectivamente esclavizada.
¿Cómo hemos llegado a esta absurda situación? Si retrocedemos lo suficiente,
encontramos que en algún momento la gente fue desposeída por la fuerza: expulsada de la
tierra y además privada de los medios para producir los bienes necesarios para la vida.
(Los famosos capítulos sobre la acumulación primitiva de El Capital
describen vívidamente este proceso en Inglaterra.) En la medida en que la gente acepta
esta desposesión como legítima, están obligados a un trato desigual con los
propietarios (los que les han robado, o quienes han conseguido después
títulos de propiedad de los ladrones originales) en el que intercambian su
trabajo por una fracción de lo que realmente producen, siendo retenida la plusvalía por
los propietarios. Esta plusvalía (capital) puede entonces reinvertirse para generar
continuamente mayores plusvalías de la misma forma.
A efectos de distribución, una fuente pública de agua potable es un ejemplo simple de
verdadero comunismo (accesibilidad ilimitada). Una biblioteca pública es un ejemplo de
verdadero socialismo (accesibilidad libre pero regulada).
En una sociedad racional, la accesibilidad debería depender de la abundancia. Durante
una sequía, el agua debe ser racionada. A la inversa, una vez que las bibliotecas
estuviesen enteramente puestas on-line podrían llegar a ser totalmente comunistas: todos
podrían tener acceso libre al instante a cualquier número de textos sin necesidad de
fichar ni devolverlos, de seguridad contra ladrones, etc.
Pero esta relación racional está impedida por la persistencia de los intereses
económicos separados. Por tomar el último ejemplo, pronto será técnicamente posible
crear una biblioteca mundial en la que todos los libros escritos, todas las
películas realizadas y todas las interpretaciones musicales grabadas podrían ponerse
on-line, potencialmente accesibles a cualquiera, para recibir libremente y obtener copias
(sin necesidad ya de tiendas, comercios, propaganda, empaquetado, transporte, etc.). Pero
como esto eliminaría los beneficios actuales en la publicación, grabación y comercio de
películas, se invierte mucha más energía confeccionando complicados métodos para
prevenir o cobrar las copias (mientras otros dedican la energía correspondiente ideando
maneras de soslayar tales métodos) que en desarrollar una tecnología que podría
beneficiar potencialmente a todos.
Uno de los méritos de Marx fue el de superar las oquedades de los discursos políticos
basados en principios abstractos filosóficos o éticos (naturaleza humana tal
y cual, todo el mundo tiene un derecho natural a esto o aquello) mostrando
cómo las posibilidades sociales y la conciencia social están limitadas y configuradas en
alto grado por las condiciones materiales. La libertad en abstracto significa poco si casi
todo el mundo tiene que trabajar todo el tiempo simplemente para asegurar su
supervivencia. No es realista esperar que la gente sea generosa y cooperativa cuando
apenas hay suficiente para todos (dejando de lado las condiciones drásticamente
diferentes en que el comunismo primitivo floreció). Pero un excedente lo
bastante grande abre posibilidades más amplias. La esperanza de Marx y otros
revolucionarios de su tiempo estaba basada en el hecho de que los potenciales
tecnológicos desarrollados por la revolución industrial aportaban finalmente bases
materiales adecuadas para una sociedad sin clases. Ya no era cuestión de afirmar que las
cosas debían ser diferentes, sino de indicar qué podría ser diferente; la
dominación de clase no sólo es injusta, es ahora innecesaria.
¿Fue realmente necesaria siquiera en otros tiempos? ¿Acertaba Marx al ver el
desarrollo del capitalismo y el estado como etapas inevitables, o podría ser posible una
sociedad liberada sin este desvío penoso? Afortunadamente, ya no es preciso ocuparse de
esta cuestión. Cualesquiera fuesen las posibilidades en el pasado, las condiciones
materiales presentes son más que suficientes para sostener una sociedad global sin
clases.
El más serio retroceso del capitalismo no es su injusticia cuantitativa el mero
hecho de que la riqueza esté desigualmente distribuida, de que los trabajadores no
perciban el valor completo de su trabajo. El problema es que este margen de
explotación (incluso si es relativamente pequeño) hace posible la acumulación privada
del capital, que finalmente reorienta todo hacia sus propios fines, dominando y deformando
todos los aspectos de la vida.
Cuanta más alienación produce el sistema, más energía social debe ser desviada
sólo para mantenerlo en marcha más publicidad para vender mercancías superfluas,
más ideologías para tener a la gente embaucada, más espectáculos para tenerla
pacificada, más policía y más prisiones para reprimir el crimen y la rebelión, más
armas para competir con los estados rivales todo lo cual produce más frustraciones
y antagonismos, que deben ser reprimidos con más espectáculos, más prisiones, etc.
Mientras este círculo vicioso continúe, las necesidades humanas reales serán sólo
incidentalmente satisfechas, o ni siquiera lo serán en absoluto, al tiempo que casi todo
trabajo se canaliza hacia proyectos absurdos, redundantes o destructivos que no sirven a
otro propósito que mantener el sistema.
Si este sistema fuera abolido y los potenciales tecnológicos modernos fueran
transformados y redirigidos apropiadamente, el trabajo necesario para cubrir las
necesidades humanas se reduciría a un nivel tan trivial que podría ser fácil realizarlo
voluntaria y cooperativamente, sin requerir incentivos económicos o el reforzamiento del
estado.
No es difícil concebir la idea de una superación del poder jerárquico evidente. La
autogestión puede verse como el cumplimiento de la libertad y la democracia que son los
valores oficiales de las sociedades occidentales. A pesar del condicionamiento sumiso de
la gente, cualquiera ha tenido momentos en que rechazaba la dominación y comenzaba a
hablar o a actuar por sí mismo.
Es mucho más difícil de concebir la idea de una superación del sistema económico.
La dominación del capital es más sutil y autoreguladora. Las cuestiones de trabajo,
producción, bienes, servicios, intercambio y coordinación en el mundo moderno parecen
tan complicadas que la se acepta mayoritariamente la necesidad del dinero como mediación
universal, encontrando difícil imaginar cualquier cambio más allá de la distribución
de éste de un modo más equitativo.
Por esta razón pospondré la discusión en extenso de los aspectos económicos hasta
más tarde, cuando sea posible entrar en ello más en detalle.
¿Es verosímil tal revolución? Las posibilidades están probablemente en contra. El
principal problema es que no hay mucho tiempo. En épocas anteriores era posible imaginar
que, a pesar de todas las locuras y desastres de la humanidad, podríamos salir del paso y
quizás aprender finalmente de los errores del pasado. Pero ahora que las políticas
sociales y los desarrollos tecnológicos tienen ramificaciones ecológicas globales
irrevocables, no basta con seguir un método de ensayo y error. Tenemos sólo unas
décadas para cambiar las cosas. Y como el tiempo pasa, la empresa se hace más difícil:
el hecho de que los problemas sociales básicos apenas son encarados, y mucho menos
resueltos, fortalece cada vez más la desesperación y las tendencias delirantes a la
guerra, el fascismo, el antagonismo étnico, el fanatismo religioso y otras formas de
irracionalidad colectiva, desviando lo que podría potencialmente actuar en favor de una
nueva sociedad en acciones de contención meramente defensiva y en última instancia
fútiles.
Pero la mayoría de las revoluciones han ido precedidas de períodos en que todos se
burlaban de la idea de que las cosas pudiesen cambiar. A pesar de muchas tendencias
desalentadoras en el mundo, hay también algunos signos alentadores, el no menor de los
cuales es el extendido desencanto con respecto a las falsas alternativas previas. Muchas
revueltas populares de este siglo se han movido ya espontáneamente en la dirección
correcta. No me refiero a las revoluciones exitosas, que son fraudes sin
excepción, sino a esfuerzos menos conocidos, más radicales. Algunos de los ejemplos más
notables son Rusia 1905, Alemania 1918-19, Italia 1920, Asturias 1934, España 1936-37,
Hungría 1956, Francia 1968, Checoslovaquia 1968, Portugal 1974-75 y Polonia 1980-81;
muchos otros movimientos, desde la revolución mejicana de 1910 hasta la reciente lucha
anti-apartheid en Sudafrica, contuvieron también momentos ejemplares de experimentación
popular antes de que fueran puestos bajo control burocrático.
Nadie que no haya analizado cuidadosamente estos movimientos está en disposición de
rechazar las expectativas de revolución. Ignorarlas por su fracaso es no
entender lo más importante.(3)
La revolución moderna es todo o nada: las revueltas individuales están condenadas a
fracasar hasta que estalle una reacción internacional en cadena que se extienda más
lejos de lo que la represión pueda abarcar. No es sorprendente que estas revueltas no
fuesen más allá; lo que es estimulante es que fuesen tan lejos como lo hicieron. Un
nuevo movimiento revolucionario tomará indudablemente formas nuevas e impredictibles;
pero estos esfuerzos anteriores siguen llenos de ejemplos de lo que puede hacerse, tanto
como de lo que no debe hacerse.
Se dice con frecuencia que una sociedad sin estado funcionaría si todos fuéramos
ángeles, pero debido a la perversidad de la naturaleza humana es necesaria alguna
jerarquía para mantener a la gente a raya. Más cierto sería decir que si todos
fuéramos ángeles el sistema presente podría funcionar tolerablemente bien (los
burócratas actuarían honestamente, los capitalistas se abstendrían de empresas
socialmente dañinas aunque fuesen provechosas). Es precisamente porque las personas no
son ángeles por lo que es necesario eliminar el sistema que permite a algunas de ellas
llegar a ser diablos muy eficientes. Mete a cien personas en una pequeña habitación con
un sólo agujero de ventilación y se pelearán unos con otros hasta la muerte por
alcanzarlo. Déjalos salir y puede que manifiesten una naturaleza diferente. Como decía
un graffiti de mayo de 1968, El hombre no es ni el noble salvaje de Rousseau ni el
pecador depravado de la Iglesia. Es violento cuando está oprimido, tierno cuando es
libre.
Otros sostienen que, cualesquiera que sean las causas profundas, la gente está ahora
tan fastidiada que necesita ser curada psicológica o espiritualmente antes de que pueda
concebir crear una sociedad liberada. En sus últimos años Wilhelm Reich sentía que una
plaga emocional estaba tan firmemente incrustada en la población que
llevaría generaciones de niños crecidos sanamente antes de que fuese capaz de la
transformación social libertaria; y que mientras tanto uno debería evitar enfrentarse
frontalmente al sistema puesto que esto removería el nido de avispas de la reacción
popular ignorante.
Es cierto que las tendencias populares irracionales exigen algunas veces discreción.
Pero aunque puedan ser poderosas, no son fuerzas irresistibles. Contienen sus propias
contradicciones. Ceñirse a alguna autoridad absoluta no es necesariamente un signo de fe
en la autoridad; puede ser un intento desesperado de superar las dudas crecientes (la
tensión convulsa de un asimiento que resbala). Quienes se unen a bandas y a grupos
reaccionarios, o caen en cultos religiosos o histeria patriótica, están buscando
también un sentido de liberación, conexión, propósito, participación, poder sobre su
vida. Como Reich mismo mostró, el fascismo da una expresión particularmente dramática y
vigorosa a aquellas aspiraciones básicas, lo que sucede porque con frecuencia tiene un
encanto más profundo que las vacilaciones, compromisos e hipocresías del progresismo y
el izquierdismo.
A la larga la única forma de derrotar a la reacción es presentar expresiones más
francas de estas aspiraciones, y oportunidades más auténticas de cumplirlas. Cuando los
asuntos básicos son forzados a salir al dominio público, las irracionalidades que
florecían bajo la tapa de la represión psicológica tienden a disminuir, como los
bacilos de la enfermedad expuestos a la luz del sol y el aire fresco. En cualquier caso,
incluso si no nos imponemos, existe alguna satisfacción en luchar por lo que realmente
creemos, mayor que en caer en una posición de vacilación e hipocresía.
Existen límites a la medida en que uno puede liberarse (o criar niños liberados)
dentro de una sociedad enferma. Pero aunque Reich estaba en lo cierto al señalar que la
gente psicológicamente reprimida era menos capaz de imaginar la liberación social,
falló al comprender en qué medida el proceso de revuelta social puede ser
psicológicamente liberador. (¡Psiquiatras franceses dijeron haber registrado una caída
significativa en el número de sus clientes entre las secuelas de mayo de 1968!)
La noción de democracia total eleva el espectro de la tiranía de la
mayoría. Debemos reconocer que las mayorías pueden ser ignorantes y fanáticas,
sin duda. Pero la única solución real es enfrentarse esta ignorancia y este fanatismo e
intentar superarlos. Mantener a las masas en la oscuridad (confiando en jueces
progresistas para proteger las libertades civiles o en legisladores progresistas para
adoptar discretamente algunas reformas progresivas) sólo conduce a la reacción popular
cuando las cuestiones sensibles empiezan a ser públicas.
Examinados más en detalle, sin embargo, la mayor parte de los ejemplos de opresión de
una minoría por una mayoría no se deben al dominio de la mayoría, sino al dominio
encubierto de una minoría en el que la élite dominante juega con cualquier antagonismo
racial o cultural que pueda darse para dirigir las frustraciones de las masas explotadas
unas contra otras. Cuando la gente tiene poder real sobre su propia vida tienen cosas más
interesantes que hacer que perseguir minorías.
Así se evocan tantos abusos o desastres que podrían darse en una sociedad no
jerárquica que sería imposible responder a todos ellos. La gente que resignadamente
acepta un sistema que condena cada año a la muerte en guerras y hambrunas a millones de
sus prójimos, y millones más a la prisión y a la tortura, se escandaliza ante la idea
de que en una sociedad autogestionaria podrían darse algunos abusos, alguna
violencia o coerción o injusticia, o incluso simplemente algunas inconveniencias
temporales. Olvidan que no es necesario que un nuevo sistema social resuelva todos
nuestros problemas; sino simplemente que los trate mejor de lo que lo hace el sistema
actual lo que no es pedir demasiado.
Si la historia siguiera las opiniones complacientes de los comentadores oficiales,
nunca habría habido revoluciones. En cualquier situación dada hay siempre suficientes
ideólogos dispuestos a afirmar que no es posible ningún cambio radical. Si la economía
funciona bien, afirmarán que la revolución depende de las crisis económicas; si hay
crisis económica, otros declararán con la misma confianza que la revolución es
imposible porque la gente está demasiado ocupada haciendo malabarismos para vivir. Los
primeros, sorprendidos por la revuelta de mayo de 1968, intentaron descubrir
retrospectivamente la crisis invisible que según insiste su ideología debe haber estado
allí. Los últimos sostienen que la perspectiva situacionista ha sido refutada por las
peores condiciones económicas desde aquel tiempo.
En realidad, los situacionistas señalaron simplemente que el logro creciente de la
abundancia capitalista había demostrado que la supervivencia garantizada no era un
sustituto para la vida real. Los ascensos y descensos periódicos de la economía no
cuestionan de ninguna manera esta conclusión. El hecho de que unos pocos en la cima de la
sociedad hayan logrado reunir recientemente de modo gradual una parte aún mayor de la
riqueza social, echando a la calle a un número cada vez mayor de personas y aterrorizando
al resto de la población con la posibilidad de caer en la misma suerte, hace menos
evidente la viabilidad de una sociedad de la post-escasez; pero los prerrequisitos
materiales están ya presentes.
Las crisis económicas que evidenciaban que necesitábamos reducir nuestras
expectativas fueron realmente causadas por la sobre-producción y la falta
de trabajo. El absurdo más profundo del actual sistema es que el desempleo se ve como un
problema, con las tecnologías potencialmente liberadoras del trabajo dirigidas hacia la
creación de nuevos trabajos que reemplacen a los viejos que se han vuelto innecesarios.
El problema no es que mucha gente no tenga trabajo, sino que mucha gente lo tiene
todavía. Necesitamos ampliar nuestras expectativas, no reducirlas.(4)
Más serio que este espectáculo de nuestra supuesta falta de poder en el plano de la
economía es el poder enormemente incrementado del propio espectáculo, que en años
recientes se ha desarrollado hasta el punto de aplastar finalmente cualquier conciencia de
historia pre-espectacular o de las posibilidades anti-espectaculares. Los Comentarios
a la sociedad del espectáculo (1988) de Debord encaran este nuevo desarrollo en
detalle:
El cambio de mayor importancia en todo lo que ha sucedido en los últimos veinte años
reside en la continuidad misma del espectáculo. Esta importancia no se refiere al
perfeccionamiento de su instrumentación por los media, que ya anteriormente había
alcanzado un estadio de desarrollo muy avanzado; se trata simplemente de que la
dominación espectacular ha educado a una generación sometida a sus leyes. . . . La
primera intención de la dominación espectacular fue erradicar todo el conocimiento
histórico en general, empezando con toda información y comentario racional acerca del
pasado más reciente. . . . El espectáculo se cuida de que la gente sea inconsciente de
lo que está sucediendo, o al menos de que olviden rápidamente todo aquello de lo que
puedan haber llegado a ser conscientes. Lo más importante es lo más oculto. Nada en los
últimos veinte años ha sido tan profundamente cubierto con las mentiras oficiales como
mayo de 1968. . . . El flujo de imágenes va arrollándolo todo, y siempre es otro quien
controla este resumen simplificado del mundo perceptible, quien decide adónde llevará el
flujo, quien programa el ritmo de lo que es mostrado en una serie inacabable de
arbitrarias sorpresas que no deja tiempo para la reflexión . . . separando todo lo que se
muestra de su contexto, su pasado, sus intenciones y sus consecuencias. . . . No es así
sorprendente que los niños estén hoy comenzando su educación con una introducción
entusiasta al Conocimiento Absoluto del lenguaje de los ordenadores mientras son cada vez
más incapaces de leer. Porque leer requiere hacer juicios a cada línea; y como la
conversación casi ha muerto (como lo harán pronto la mayoría de aquellos que sepan
cómo conversar) la lectura es el único acceso que queda al vasto campo de la experiencia
humana pre-espectacular.
En este texto he tratado de recapitular algunos puntos básicos que han sido sepultados
bajo esta intensa represión espectacular. Si estos asuntos parecen banales a unos u
oscuros a otros, pueden servir al menos para recordar que una vez fue posible, en aquellos
tiempos primitivos de hace unas décadas, que la gente tuviese la singular noción pasada
de moda de que podían entender y afectar su propia historia.
Aunque es incuestionable que las cosas han cambiado considerablemente desde los sesenta
(en su mayor parte para peor), puede que nuestra situacion no sea tan desesperada como
parece a quienes engullen todo aquello con lo que el espectáculo los alimenta. A veces
sólo hace falta una sacudida para romper el estupor.
Y aunque no hubiese garantía de una victoria final, tales rupturas son ya un placer.
¿Existe alguno mayor?(5)
[NOTAS]
1. Geopolítica de la hibernación, Internationale Situationniste
# 7, p. 10.
2. Vease Maurice Brinton: The Bolsheviks and Workers Control: 1917-1921,
Voline: The Unknown Revolution, Ida Mett: The Kronstadt Uprising, Paul
Avrich: Kronstadt 1921, Peter Arshinov: History of the Makhnovist Movement,
y Guy Debord: La sociedad del espectáculo §§ 98-113. Existe también la
edición impresa de Castellote Editores (Madrid, 1978)
3. Las referencias superficiales de periodistas y gobernantes al
éxito o fracaso de una revolución no significan nada por la
simple razón de que desde las revoluciones burguesas ninguna otra revolución ha
sucedido todavía: ninguna que haya abolido las clases. La revolución proletaria
todavía no ha vencido en ninguna parte, pero el proceso práctico a través del cual su
proyecto se manifiesta ya ha creado al menos diez momentos revolucionarios de importancia
histórica que pueden ser llamados apropiadamente revoluciones. En ninguno de estos
momentos se desarrolló completamente el contenido total de la revolución
proletaria pero en cada caso se dio una interrupción fundamental del orden
socioeconómico dominante y la aparición de nuevas formas y concepciones de vida real
fenómenos abigarrados que sólo pueden ser entendidos y evaluados en su
significación conjunta, incluido su significado potencial futuro. . . La
revolución de 1905 no derribó el régimen zarista, obtuvo sólo unas cuantas concesiones
temporales de él. La revolución española de 1936 no suprimió formalmente el poder
político existente: éste surgió, de hecho, fuera del alzamiento proletario iniciado
para defender la República contra Franco. Y la revolución húngara de 1956 no abolió el
gobierno liberal-burocrático de Nagy. Entre otras limitaciones lamentables, el movimiento
húngaro fue en muchos aspectos un alzamiento nacional contra la dominación extranjera; y
este aspecto nacional-resistente jugó también un cierto papel, aunque menos importante,
en el origen de la Comuna de París. La Comuna suplantó el poder de Thiers sólo dentro
de los límites de París. Y el soviet de St. Petersburg de 1905 ni siquiera tomó nunca
el control de la capital. Todas las crisis mencionadas aquí como ejemplos, aunque
deficientes en sus realizaciones prácticas e incluso en sus perspectivas, produjeron no
obstante suficientes innovaciones radicales y pusieron a sus sociedades lo bastante
severamente en jaque para ser llamadas legítimamente revoluciones. (El
comienzo de una nueva era, Internationale Situationniste # 12, pp. 13-14]
4. No nos interesa oír hablar de los problemas económicos de los
explotadores. Si la economía capitalista no es capaz de satisfacer las demandas de los
trabajadores, esto simplemente es una razón más para luchar por la nueva sociedad, en la
que tengamos el poder de tomar nuestras propias decisiones sobre toda la economía y toda
la vida social. (Trabajadores de las líneas aéreas portuguesas, 27 de octubre de
1974.)
5. En el título original The Joy of Revolution
Joy participa tanto del sentido de juego como del de placer.
Ken Knabb ironiza acerca de una serie de libros de divulgación para las masas muy
populares en América con títulos como The Joy of Sex, The Joy of
Cooking, The Joy of Reading, etc. (Nota del traductor.)
Fin del capítulo 1 de El placer de la revolución de Ken Knabb,
traducción de Luis Navarro revisada por Ken Knabb. Versión original: The Joy of Revolution.
No copyright.
- Capítulo 2: Excitación preliminar
- Descubrimientos personales. Intervenciones críticas. Teoría versus ideología. Evitar
falsas elecciones y elucidar las verdaderas. El estilo insurreccional. Cine radical.
Opresionismo versus juego. El escándalo de Estrasburgo. La miseria de la política
electoral. Reformas e instituciones alternativas. Corrección política, o igualdad en la
alienación. Inconvenientes del moralismo y el extremismo simplista. Ventajas de la
audacia. Ventajas y límites de la noviolencia.
- Capítulo 3: Momentos decisivos
- Causas de las brechas sociales. Convulsiones de postguerra. Efervescencia de situaciones
radicales. Autoorganización popular. Los situacionistas en mayo de 1968. El
obrerismo está obsoleto, pero la posición de los trabajadores sigue siendo pivotal.
Huelgas salvajes y ocupaciones. Huelgas de consumo. Lo que podía haber sucedido en mayo
de 1968. Métodos de confusión y cooptación. El terrorismo refuerza el estado. El
momento decisivo. Internacionalismo.
- Capítulo 4: Renacimiento
- Los utópicos no prevén la diversidad postrevolucionaria. Descentralización y
coordinación. Salvaguardias contra los abusos. Consenso, dominio de la mayoría y
jerarquías inevitables. Eliminar las raíces de la guerra y el crimen. Abolición del
dinero. Absurdo de la mayor parte del trabajo presente. Transformar el trabajo en juego.
Objeciones tecnofóbicas. Temas ecológicos. El florecimiento de comunidades libres.
Problemas más interesantes.
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