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Erotismo, Misticismo y Revolución
(Un estudio crítico sobre Kenneth Rexroth)
3. Sociedad y Revolución
La contrarrevolución bolchevique no sólo fue un desastre para Rusia; su ejemplo iba a empozoñar y finalmente destruir por completo todo el movimiento revolucionario internacional durante las décadas siguientes. El poder bolchevique y el prestigio de los supuestos líderes de la única revolución “triunfadora” les permitirían dominar, manipular y sabotear al resto de los movimientos radicales en todos los países, “hasta que no quedase ni una sola persona que no estuviera sometida al Kremlin, fuera como sicario estalinista o como psicópata antibolchevique”. “Miles de personas se hicieron reaccionarias, se acogieron a la religión o a toda clase de locura porque pensaban que la revolución socialista y el bolchevismo significaban lo mismo.” En esta época, en Europa occidental y en América, el sistema había llegado a diversos compromisos con los partidos socialistas reformados y los sindicatos (New Deal, frentes populares, Estado de Bienestar...)
En algunos países donde esto no funcionó del todo bien, las crisis sociales se sofocaron con la imposición del fascismo (un híbrido entre el capitalismo de Estado totalitarista y el capitalismo monopolístico tradicional). Los auténticos elementos radicales, que habían quedado atrapados entre el bolchevismo, el reformismo y el fascismo, fueron aislados o simplemente eliminados. La última y más notable manifestación del antiguo movimiento, la revolución anarquista española de 1936-1937, fue destruida por los tres a la vez.
Toda una generación de escritores, artistas e intelectuales estaba traumatizada, mutilada mental y moralmente y se hundía en el desánimo y el compromiso.
Rexroth representó una de las pocas excepciones. En los años veinte, fue un miembro activo de una de las organizaciones más ejemplares del antiguo movimiento, la anarco-sindicalista IWW. En los años treinta, llevó adelante un trabajo similar pero de manera independiente. Cuando dejaron de existir movimientos revolucionarios importantes, se preparó para un largo atrincheramiento: estableció contactos con personas que se habían mantenido radicales e íntegras, les propuso evaluar de nuevo los antiguos puntos de vista y continuó hablando en público y actuando allá donde fuera posible. Él ya se había percatado del juego disimulado de los bolcheviques en 1921, cuando Trotsky y Lenin aplastaron la revuelta libertaria del soviet de Kronstadt; pero aunque se oponía claramente a todas las formas de “comunismo”, no reaccionó apoyando al capitalismo occidental, como hicieron muchos otros miembros de su generación.
A propósito de los límites de la política reformista, Rexroth nos cuenta que, viajando una vez a través de Montana en auto-stop con su mujer Andrée, fueron recogidos por un adinerado hombre de mundo con una opinión curiosamente cínica sobre los políticos. Rexroth le pregunta entonces si no cree que podría haber algunas excepciones de hombres honrados, tales como Robert La Follette y Burton Wheeler (senadores progresistas de Wisconsin y Montana). El hombre le responde describiendo la barrera de protección situada al fondo de un campo de béisbol: “La barrera se encarga de parar las bolas que pierde el ‘catcher’ y las que están mal lanzadas, de manera que no puedan herir a los espectadores de las primeras filas. Ésta es la función de hombres como La Follette y Wheeler, y créame joven, aunque usted no lo sepa, ellos sí.” Al día siguiente descubrieron que su compañero de viaje había sido el senador Wheeler. El fracaso del bolchevismo y del socialismo reformista al tratar de llevar a cabo un verdadero y radical cambio social reforzó el anarquismo de Rexroth. Había llegado a ser más evidente que nunca que el capitalismo no podría ser eliminado con programas estatales, y que cualquier burocracia, no importa lo radical que fuera, tendía de forma natural a perpetuar su poder. El capitalismo y el Estado no son más que aspectos entrelazados del mismo sistema:
El Estado es, básicamente, una estafa. El hecho de que, en ocasiones, provea a sus ciudadanos de unos pocos servicios sociales encubre su función esencial de protector de la economía de mercado. Sin esta economía, muchos de los conflictos de intereses, que han sido creados de manera artificial y que ahora son pretexto para la existencia del Estado, perderían su razón de ser. “El Estado no te hace pagar impuestos para proveerte con servicios. Te grava con impuestos para destruirte. Los servicios que te presta son algo que ha confiscado a los hombres y a sus relaciones con los demás para legitimar su poder policial y militar”. Rexroth evoca a Herbert Read(11) cuando dice: “Puede que el anarquismo parezca poco sensato, pero seguro que le parecería mucho más sensato a cualquier persona de otra civilización que el moderno Estado-nación capitalista; además, es evidente que es lo único que podría funcionar. De ahora en adelante cualquier forma de Estado está condenada al fracaso, y al fracaso más estrepitoso.” Durante la Segunda Guerra mundial Rexroth hizo su servicio de objetor de conciencia como ayudante en un hospital psiquiátrico. No fue un defensor del pacifismo a ultranza, pero parece haber estado absolutamente en contra de todas las guerras que han tenido lugar entre los modernos Estados-naciones. Siempre las ha considerado peor que cualquiera de los males que pretendían remediar. Durante la guerra formó el grupo pacifista Randolph Bourne Council (en memoria del autor libertario que escribió sobre el tema “La guerra es la salud del Estado”) y trabajó ayudando a los americanos de origen japonés que estaban siendo hostigados y enviados a campos de concentración. Ideó algunas estratagemas que salvaron a muchos del encarcelamiento. Después de la guerra, Rexroth y un pequeño grupo de amigos organizaron el San Francisco Anarchist Circle (rebautizado después como Círculo Libertario).
Parece ser que el Círculo Libertario, cuya actividad más intensa se dio entre 1946 y los primeros años cincuenta, tuvo tanta influencia cultural como política. Fue sin duda el primer foco importante de la efervescencia de la posguerra, y muy pronto se referirían a él como el Renacimiento de San Francisco. Algunos de sus participantes fundaron la emisora de radio independiente KPFA, también fundaron grupos de teatro experimental y numerosas revistas; otros miembros constituyeron parte de esos poetas y artistas que tuvieron una influencia considerable en toda la zona, llamada Bay Area, durante los años cincuenta y sesenta. Rexroth se encontraba en el corazón de todo esto. Además de su papel fundamental dentro del Círculo Libertario, organizaba debates, conferencias y lecturas semanales en su propia casa, arremetía contra el poder establecido en numerosos artículos, entrevistas y emisiones en radio KPFA y divulgaba las nuevas tendencias disidentes. En un momento en el que la mayoría de los comentaristas declaraban con suficiencia que el tiempo de experimentación y desobediencia se había acabado, él empezaba a ver nuevos signos de esperanza. En su precursor artículo de 1957 “Disengagement: The Art of the Beat Generation” escribía: “La generación de los jóvenes está en un estado de rebelión tan absoluto que sus propios padres no podrían siquiera reconocerlos. (...) Así como los rayos X y la radioactividad, la rebelión moderna es invisible. Sólo se perciben sus efectos en un nivel material dentro de la sociedad y entonces se le llama delincuencia.” A Rexroth y a otros poetas del Renacimiento de San Francisco se les ha considerado, un tanto a la ligera, como pertenecientes a la “generación beat”, pero como él mismo recalcó de manera enérgica en muchos artículos, ni él ni la mayoría de sus compañeros tenían mucho que ver con el estereotipo de los beatniks que habían creado los medios de comunicación. Sus críticas al sentimentalismo, egocentrismo y a las necedades de Kerouac fueron particularmente caústicas. (En venganza, la mayor parte del torrente de memorias, biografías e historias de la “era beat” apenas le mencionan salvo con algunos comentarios malévolos y rumores despectivos. Por otro lado, cuando el mundo académico se digna reconocer su existencia es para etiquetarle desdeñosamente como “el padrino de los beatniks”.) La aparición del movimiento por los derechos civiles fue algo con lo que Rexroth conectó más. En un artículo, escrito en 1960, elogia la espontaneidad y la acción personal directa de los primeros manifestantes y les previene contra los intentos de intromisión e institucionalización de los “organizadores” burocráticos:
Esta acción directa y espontánea era un buen comienzo para clarificar el ambiente de años de compromisos y confusiones. (El esquema “izquierda contra derecha”, por ejemplo, ha sido durante mucho tiempo una supuesta oposición entre dos engaños casi imposibles de distinguir). Pero el rechazo de Rexroth a todos los programas en bloque es, obviamente, demasiado simplista. En el periodo que siguió a la destrucción del antiguo movimiento revolucionario, esta clase de actitud era comprensible: la gente desconfiaba con razón del sometimiento ciego a programas y organizaciones doctrinarias; era necesario reexaminar las perspectivas desde el principio y permanecer abiertos a las distintas posibilidades. Durante este periodo, la estrategia de Rexroth de fomentar el diálogo y las comunidades creativas sin preocuparse demasiado por tener una teoría coherente resultó ser muy provechosa. Ninguna otra persona jugó un papel tan importante para sentar las bases del Renacimiento de San Francisco de los años cincuenta, movimiento que se convertiría a su vez en una de las principales referencias de partida para la contestación más generalizada de los años sesenta. No obstante, esta nueva manifestación iba a plantear cuestiones tácticas y teóricas que Rexroth, empeñado en mantener su eclecticismo empírico, no sabría abordar de una forma coherente. En 1960 aceptó una oferta del San Francisco Examiner (periódico perteneciente al imperio Hearst) para escribir una columna semanal. Parece ser que la política que siguió fue la de aceptar prácticamente cualquier encargo agradable mientras pudiera seguir manteniendo su total independencia; los editores tenían que aceptar sus artículos sin cambiar ni un punto ni una coma, tal como él los había escrito o si no, no había artículo. Según él, los periódicos y revistas le dejaban más libertad que los partidistas diarios políticos y las publicaciones universitarias: “Lo que les interesa son los artículos vivos, atractivos y siempre que sean razonables, cuanto más controversia provoquen, mejor.” De momento, nada que objetar, pero ¿qué ocurre si lo que uno quiere decir no entra dentro de lo “razonable”? Incluso aunque te den carta blanca, todos sabemos que hay modos sutiles de presión que producen autocensura. Existe siempre la amenaza implícita de que no te renueven el contrato (como, en efecto, ocurrió en 1967 cuando escribió un artículo muy controvertido sobre la policía americana). Rexroth no hizo un mal trabajo teniendo en cuenta la posición tan ambigua en la que se encontraba. El estilo de sus artículos está ligeramente adaptado a un tipo de audiencia más popular; pero es casi tan directo como en los anteriores, y su variedad de temas es, si cabe, más amplia. Al hacer una reseña de un libro sobre la bahía de San Francisco nos dice: “Podéis conocer a fondo las novelas de Henry James o el arte de la fuga, pero si no os sentís como en casa en este mundo que está a vuestros pies y delante de vuestras ojos, es que aún no estáis realmente civilizados.” En ese sentido, es muy probable que sus columnas del periódico contribuyeran a “civilizar” a miles de lectores. En todo caso, lo que sí nos ofrecen es una gran información sobre la vida del área de la bahía en esa época, a la vez que incluyen muchos temas que no había analizado de manera tan detallada en sus otros escritos, temas que van desde las artes teatrales a la política, pasando por la arquitectura y el urbanismo local. Cualquiera que sea el tema del que trate, Rexroth siempre intenta fomentar las cualidades de una comunidad vital y variada. Por regla general anima a la participación, experimentación y autonomía locales, aunque cuando es necesario un plan coherente él recomienda que se centralice la coordinación. Acerca de una representación libre de teatro en el parque nos comenta: “Esperemos que esto no sea más que un comienzo y que dentro de poco tengamos toda clase de actividades teatrales y musicales en los parques. No se me ocurren muchas mejores maneras de tonificar una comunidad alicaída. Tarde o temprano muchos de los espectadores pasarán a la acción.” Resulta gracioso ver de qué modo tan convincente se dirige a distintos grupos en su propia jerga, desafiando a ésos que se dicen cristianos para que emulen a Jesús y se acerquen a los pobres, a los marginados, a los desesperados, no para convertirlos al cristianismo sino para ayudarles; o diciendo a los comerciantes de Chinatown que ganarían aún mucho más dinero si convirtieran la avenida Grant en una calle peatonal, volvieran a representar ópera china y ofrecieran objetos orientales más auténticos, en lugar de esas baratijas para turistas. Por supuesto, estas propuestas no están exentas de ironía. Dentro de un límite, nos podrían parecer más deseables e incluso más “prácticas” que las que se dan actualmente, pero Rexroth sabe que eso en definitiva no es suficiente. Algunas propuestas encontrarían mucha oposición por parte de intereses económicos y políticos; otras no redundarían en una mejora, pues la transformación de una zona suele hacerse a expensas de otra. “La cruda realidad es que los problemas auténticos: económicos, ecológicos, sociales, morales, éticos, religiosos o sexuales, no pueden ser resueltos con los mecanismos de esta sociedad ni con los de ninguna otra sociedad existente.” De todas maneras, la mayor parte de estos artículos no son más que simples reacciones personales ante los acontecimientos del día a día y sólo contienen vagas muestras de una crítica social más amplia. Cuando fue despedido del San Francisco Examiner, Rexroth empezó a escribir una serie de artículos mensuales de mayor contenido político para el Bay Guardian de San Francisco (1967-1972) y para la revista cultural San Francisco (1967-1975). En sus columnas, cada vez más pesimistas, denuncia la corrupción y connivencia de políticos, gobernantes, empresarios y medios de comunicación, y deplora la destrucción sin sentido de todo vestigio de comunidad humana y ecologista. Muchas de sus denuncias están justificadas de sobra, pero les falta un análisis coherente y profundo de la situación que sirva para determinar perspectivas radicales. Como suele ocurrir, la revelación de un escándalo produce un efecto de desaliento en la gente, que se repliega sobre sí misma, ya que éste es el único terreno en el que uno puede considerarse al abrigo de la locura general. Rexroth ya había percibido los signos de una nueva revolución en unos momentos en que la mayoría de los comentaristas no se había dado cuenta de nada. Sin embargo, él la veía más que nada en términos culturales y espirituales. Cuando surgieron las luchas más abiertas y violentas, se evadió del tema valorándolas como meros síntomas de virulencia social y se reafirmó en su anterior estrategia de una sutil subversión moral y artística. Esto se puede apreciar en sus comentarios sobre la única gran revuelta por la que ha mostrado cierto entusiasmo, la de mayo del 68 en Francia.
Hasta aquí Rexroth está en lo cierto. El problema es que no avanza mucho en el tema. Es típico de él que reconozca que el mayo del 68 fue una reacción contra un sistema de falsos valores, pero apenas lo analiza como un intento de reemplazar la organización social del sistema. Nunca estudia su origen, ni sus metas, tácticas innovadoras o tendencias contradictorias, aspectos todos ellos de mucha más importancia que la “revelación” de una quiebra moral que era tan obvia desde hacía tiempo. Rexroth ha criticado de forma acertada a la Nueva Izquierda por su falta de una estrategia coherente, pero no parece que él haya presentado ninguna otra estrategia que vaya más allá de animar vagamente a la “acción moral individual” o impulsar la acción colectiva en determinados temas. Después de la desaparición del Círculo Libertario, ni él ni ninguno de sus amigos ha dado muestras de haber avanzado en la crítica social que venían realizando. Tampoco parece que hayan vuelto a exponer de una manera explícita y continuada lo que aún podría quedar de sus antiguas ideas libertarias. Al tratarse de personas que tenían, merecidamente en muchos aspectos, cierta influencia, el hecho de que no abordaran los nuevos temas teóricos y estratégicos contribuyó a la ingenuidad política de la contracultura de los años sesenta. A falta de una perspectiva libertaria coherente, las antiguas ideologías iban a resurgir de forma natural para llenar el espacio vacío. Facciones militantes de la Nueva Izquierda degenerarían pronto en el revoltijo más aburrido y delirante de la vieja izquierda, ante el cual, la mayor parte de las otras facciones reaccionó con desagrado volviendo a posturas más reformistas o apolíticas. Ante la debacle de la política de la Nueva Izquierda al final de los años sesenta, Rexroth va a poner más énfasis en los aspectos culturales del movimiento. The Alternative Society (1970) refleja esta inclinación. A pesar de que contiene artículos sobre diversos temas sociales, casi la mitad del libro está dedicado al nuevo auge de la poesía y la canción; su sociedad alternativa vendría a ser la contracultura de los jóvenes, o al menos, sus tendencias más profundas: la “subcultura de la separación”. “Es un error hablar de canción o de poesía protesta. La protesta implica una posibilidad de rectificación, se produce dentro de una cultura. Con la larga lista de horrores que hemos ido acumulando, la protesta se ha convertido en alienación y la alienación en una separación total.” No se trata tanto de una separación geográfica (a pesar de que puede incluir la formación de comunas u otros tipos de comunidades alternativas) como de una reorientación primordial del sistema de valores, una reformulación que se mantiene, aunque no de forma muy visible, mientras que las superficiales modas hippies tan pronto van como vienen.
En su obra Communalism: From Its Origins to the Twentieth Century (1974), Rexroth analiza estas sociedades y otras más antiguas, desde los primeros cristianos, pasando por las sectas heréticas y los movimientos milenaristas de la Edad Media, hasta las comunidades seculares utópicas de los dos últimos siglos. La mayor parte de los grupos que estudia son religiosos; sólo los del final incluyen comunidades laicas. En este aspecto, el libro de Rexroth representa una rica exposición sobre la dialéctica social de las religiones que, como todos sabemos, han contribuido por lo general a reforzar el orden establecido, pero que cuando son llevadas hasta sus implicaciones más radicales, tienden a socavarlo. Incluso tendencias tan inofensivas como la vida monástica laica pueden suponer una amenaza en potencia: “El monaquismo organizado era una manera de poner en cuarentena la vida cristiana; por este motivo la Iglesia ha insistido siempre en que los monjes fuesen célibes. (...) El monaquismo laico, es decir, comunidades de familias que comparten todo y que viven una vida siguiendo el modelo de los apóstoles, se convierte inevitablemente en un modelo de contracultura.” Esta amenaza resulta más evidente en las relaciones entre los Hermanos del Libre Espíritu y las revueltas milenaristas, y en el surgimiento de grupos anarcosindicalistas de inspiración religiosa como los Diggers en la revolución inglesa. Sin embargo, todas estas comunidades alternativas, incluidas las seculares con conciencia más radical, mantuvieron una relación ambigua con la sociedad dominante. Hasta cierto punto, sirvieron de refugio contra esa sociedad y han sido un ejemplo de valores y posibilidades diferentes. Pero al coexistir con ella iban a enredarse, sin poder evitarlo, en compromisos y confusiones, y normalmente, acabarían disgregándose pronto a causa de sus propias contradicciones. El libro de Rexroth muestra un conjunto interesante de éxitos, fallos, excentricidades y locuras de estos grupos, pero hace un análisis demasiado empírico y estrecho de miras. Cuando habla de comunidades alternativas, lo hace casi siempre en términos de su organización interna y supervivencia individual (considera a los huteritas, por ejemplo, como “la más triunfadora”, ya que son los únicos que han mantenido una vida comunal completa durante siglos), y no menciona la poca importancia que tienen para el movimiento contestatario moderno. Puede ser, como él concluye, que los líderes carismáticos, las creencias religiosas y el trabajo duro hayan sido factores de vital importancia para la supervivencia de pequeños grupos utópicos en un mundo de escasez y hostilidad, pero éstos tienen poco que ver con el proyecto de una sociedad global que ya habría dejado atrás la época de la escasez. Sea probable o no que llegue a existir semejante sociedad, Rexroth piensa que hemos llegado a un punto donde no sólo es posible, sino también necesaria.
Pero cuando Rexroth intenta analizar la naturaleza de este conflicto cae, a veces, en la confusión y llega a conclusiones que no son lógicas:
Su forma de hablar aquí sobre el “poder” es bastante confusa. Cierto es que, en general, resulta inútil luchar contra el Estado en su propio terreno, pero esto no significa que la única alternativa que quede sea la de limitarse a cambiar nuestra forma de vida y nuestras relaciones con los demás. ¿Dónde estaba todo el poder del Estado en mayo del 68, en Portugal en 1974, en Polonia en 1980, o en el este de Europa en 1989? ¿Cuál era el papel de la bomba atómica en todo esto? En todos estos casos, el sistema ha sobrevivido debido no tanto a la represión física como a la cooptación, utilizando tácticas divisorias, reconduciendo los movimientos de oposición y manipulándolos para llegar a compromisos reformistas.
El sistema económico ha sido modificado de varias maneras, pero nunca ha sido reemplazado por completo en ningún lugar según lo imaginó Marx (como Rexroth nos hace notar en algunos de sus trabajos, el “marxismo” tiene tan poco que ver con Marx como el cristianismo con Cristo.) El fracaso del capitalismo de Estado “comunista” y la incompetencia del socialismo reformista, tan evidente desde hacía ya tiempo, han demostrado lo obsoleto del izquierdismo estatal, pero no el fracaso del proyecto original de Marx y los anarquistas, que pretendían la abolición del Estado y el capitalismo. La sublevación actual se dirige, con razón, a cualquier forma de alienación en lugar de limitarse a las estrechas batallas políticas y económicas de la vieja izquierda, mas difícilmente podrá esperar salir con éxito de un ataque a la alienación “como tal” sin eliminar tarde o temprano sus bases económicas. Rexroth ve su sociedad alternativa como una “nueva sociedad dentro de la cáscara antigua”, pero en ningún momento se imagina cómo puede romper esa cáscara y suplantarla. Parece tener tan solo la vaga esperanza de que un cierto número de personas, poniendo en práctica una auténtica comunidad dentro de los resquicios del viejo sistema, vayan a ser capaces de mantener viva la llama. Incluso si esto ofreciese pocas oportunidades de evitar una catástrofe nuclear o ecológica, él cree que éste es el modo más satisfactorio de vivir mientras tanto.
Rexroth estaba hablando a la gente de las amenazas a la ecología décadas antes de que muchos de ellos hubieran oído esta palabra, y cada día que pasa es más evidente que estaba en lo cierto acerca de la gravedad del tema. Un equilibrio ecológico mundial que sea viable es un asunto delicado; una vez que el deterioro ha llegado a cierto punto, puede resultar imposible invertir la tendencia. Es bien sabido, que en este momento se están produciendo una serie de abusos ecológicos que, si no se corrigen con rapidez, pronto no tendrán vuelta atrás. Incluso aquellos que se detengan ahora pueden continuar causando efectos retardados en los años venideros. Y por supuesto, la mayoría no han sido refrenados en absoluto y no parece que vaya a ser así mientras exista un sistema en el que los grandes grupos de poder puedan obtener provechosos beneficios a corto plazo.
Esto nos devuelve a la poesía y a la música que serían, según Rexroth, algunos de los medios más eficaces de “contagiar” semejante enfermedad. La canción underground, nos dice, se remonta hasta los cantos goliárdicos medievales: cantos que celebran el vino y el amor y satirizan el orden existente (popularizados por Carl Orff en Carmina Burana y grabados más recientemente en versiones originales). En Francia, su rastro va desde el misticismo sexual de los trovadores y el submundo bohemio de François Villon, pasando por los poetas malditos y los cafés cantantes del siglo XIX, hasta George Brassens y otros cantautores posteriores a la segunda guerra mundial, que han originado el “renacimiento más grande de la canción en los tiempos modernos” y que han “sustituido el apetito de posesión por la sensibilidad lírica”. “Brassens, nos comenta, habla conscientemente para los irrecuperables irredentos. Sabía que ni él ni sus seguidores, cada vez más numerosos, podrían ser ni serían nunca asimilados por el sistema, y también sabía el porqué. Nos lo dijo en todas sus canciones sea cual fuere el tema del que tratasen. Con él la contracultura alcanzó madurez.” En América, Rexroth describe una evolución paralela desde las baladas tradicionales, música folk y blues hasta los cantantes contraculturales de los años sesenta. Él diferencia la auténtica música folclórica — “la expresión natural de una comunidad orgánica” — de la canción protesta pseudo folclórica, la cual considera, en su mayor parte, mala y ridícula, o aún peor: una expresión de la Mentira Social. Es verdad que algunos de sus propios poemas contienen formulaciones radicales, pero también es cierto que, al mismo tiempo, rechaza siempre la idea de que el arte debiera estar subordinado a las exigencias “progresistas”. Piensa que las letras que comunican una visión personal auténtica son, finalmente, más subversivas que la propaganda explícita. “La poesía puede provocar una respuesta más intensa, más profunda y más amplia ante la vida. No pretendo decir con ello que vayamos a ser hombres mejores — eso depende de cada uno — sino que, el hecho de que la poesía forme parte de nuestra vida nos hará responder de una manera mucho más universal ante los problemas, las cosas, los objetos, ante esa vida en general y, en definitiva, podremos poner en juego nuestros más íntimos recursos.” Rexroth supone además que esta profunda respuesta a la vida irá unida a un rechazo a la alienación y al condicionamiento y que todo esto socavará el orden establecido:
¡Ojalá fuera así de sencillo! Es difícil valorar el alcance de una obra artística, pero dudo bastante que cualquier canción, sea de Brassens o Mitchell, o de cualquier otro, pueda ser inmune, hasta este punto, a la asimilación. Como mucho, puede que hayan desempeñado un pequeño papel en el mantenimiento de un soplo de humanidad entre toda esta presión deshumanizadora que nos rodea. Los comentarios de Rexroth a los poemas de William Blake señalan su papel beneficioso y al mismo tiempo nos revelan sus limitaciones: “Es el arte de proveer al corazón con imágenes de su propia alienación. Si el individuo o la sociedad pueden proyectar los dilemas con los que la razón es incapaz de enfrentarse, éstos podrán ser controlados, aunque no puedan ser dominados. Ésta fue la función de Blake. Él vio la futura civilización mercantil y preparó un refugio, una fortaleza o un puerto simbólicos.” Por otra parte, es preciso hacer una distinción entre contracultura como “una forma de vida” y la mera novedad artística. En la medida en que la contracultura de los años sesenta consistía en experimentos audaces de diferentes modos de vida y conciencia, podríamos decir que era bastante “corrosiva”. Pero, presentar sus expresiones artísticas como su factor central sería un error. Puede que unos pocos poemas y algunas canciones hayan tenido gran influencia, pero, en su mayoría, fueron pálidos reflejos tardíos de las aventuras que realmente estaban ocurriendo. Las tesis de Rexroth son más aplicables a los países “comunistas”. Como él mismo señaló, el hecho de una simple visita de Allen Ginsberg a Praga, o de Joan Baez a Berlín, fue capaz de sembrar el pánico entre los burócratas. Pero esto ocurría porque casi cualquier tipo de oposición amenazaba el monopolio ideológico del que dependía el poder de las burocracias estalinistas. En los sistemas occidentales, más flexibles, se pueden realizar obras artísticas verdaderamente exageradas y, aún así, el sistema las asimilará como parte del espectáculo sin ningún problema. Su extremismo le sirve al sistema para apoyar la pretensión de que hay total libertad de expresión (esto sólo mientras el arte permanezca dentro del espectáculo y no pase a la acción). Pero aquí llega la reducción al absurdo de las tesis de Rexroth:
Aunque la poesía y la música tuvieran en realidad efectos subversivos, los argumentos de Rexroth caen de plano si, cuando surge una rara oportunidad en la que todo se pone en cuestión y la gente tiene una pequeña oportunidad de cambiar la historia, a él no se le ocurre nada más que continuar cantando. Había mucha más poesía en el acto de tomar el Odeón que en todas las canciones que se hubieran podido cantar allí. En una situación como la de mayo del 68, en la que a millones de personas se les saca de su habitual existencia sonámbula y se les da a probar lo que es la vida real, lo importante no es “presentar” modelos alternativos de relaciones humanas, sino llevarlos a cabo. Toda la organización de la sociedad moderna va en contra de esto. No solamente las restricciones económicas y políticas, sino también una extendida y sutil contaminación cultural, que convierte a la gente en adicta a un consumismo pasivo, funcionan en contra de toda realización humana. Nuestra vida está dominada por una constante invasión de espectáculos: noticias, anuncios, estrellas de cine, aventuras de segunda mano o incluso imágenes de revoluciones. Los situacionistas han demostrado que esto no es un rasgo superficial de la vida moderna sino que refleja un estadio cualitativo nuevo de la alienación capitalista. “El espectáculo no es una colección de imágenes, sino una relación social entre las personas, mediatizada por las imágenes” (Guy Debord, La Sociedad del Espectáculo).(12) En este nuevo contexto el papel del arte se convierte en algo más ambiguo. Cualquiera que sea su creatividad o sus aparentes aspectos radicales, el arte pasa a formar parte del espectáculo y tiende a reforzar la pasividad del espectador.
En realidad Rexroth no analiza esta cuestión, y eso debilita en gran medida sus argumentos a favor de un arte subversivo. Básicamente, él aún acepta las funciones tradicionales del arte, sólo querría que éstas fuesen llevadas a cabo de una manera mejor y más extensa, que el arte fuera más auténtico y relevante. Insiste en la necesidad de que el arte consista en una comunicación vital, pero esta comunicación sería, igual que ha sido siempre, una actividad especial hecha sólo por algunas personas, de acuerdo con ciertas formas y en determinadas circunstancias. Incluso esas tendencias vanguardistas, que han tratado de suprimir lo que el arte tiene de representación, provocando la participación de la audiencia (por ejemplo los happenings), lo hacen dentro de tales limitaciones de espacio, tiempo y contenido, que convierten esta participación en una farsa. Como concluyeron los situacionistas, la verdadera realización del arte implica ir más allá de sus límites y llevar la creatividad y la aventura dentro de la crítica y la liberación de todas las manifestaciones de la vida; y lo primero de todo, implica tratar de subvertir los condicionantes de la sumisión que impiden que la gente cree sus propias aventuras. Esto no quiere decir que todas las obras literarias y artísticas sean irrelevantes o reaccionarias, pero es poco probable que siquiera las mejores sean tan intrínsecamente subversivas como Rexroth parece esperar. Sin embargo, si la estrategia de Rexroth sobre la sutil subversión cultural es, en algunos aspectos, dudosa, está muy en lo cierto cuando trata de fomentar la comunidad y la creatividad aquí y ahora, cuando insiste en que “las satisfacciones humanas y el significado de la vida” no se deben posponer ante un futuro hipotético. Los medios pueden no ser idénticos a los fines; pero al menos, deben ser coherentes con ellos. Los valores que Rexroth encarna son fundamentales para cualquier auténtica liberación social, precisamente porque nos proporcionan satisfacción por sí mismos y dan sentido a nuestra vida. Como él mismo lo expresa en uno de sus poemas más conmovedores, escrito en 1952 para las exequias de un viejo amigo:
Adiós, mi viejo y querido mentor.
[NOTAS] 11. Herbert Read (1893-1968). Poeta, filósofo y crítico de arte nacido en Inglaterra. 12. Este libro y otros textos de los situacionistas pueden encontrarse en la página web http://altediciones.com/ash/
No copyright. [Capítulo 1 :
Vida y Literatura]
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